Tuerto Rey - Poesía y alrededores

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Claudia Prado
/ poemas

 

el mar

Tres rosas artificiales,
conservas de su país y en un estante
una hilera de matrioskas.
A la del medio alguien la giró
y nos da la espalda.
En Novonikolaevka los inviernos
son nevados, sin embargo
en su relato hay tierra suficiente
para que cada cual vea nacer
la primavera. Otros días
la música es de Ucrania
pero en esta siesta sin sol
desde el comedor de “El samovar”
solo se escucha el golpe
de platos contra platos
y de pronto un desorden de cubiertos
que en todas las cocinas
del mundo será idéntico.
Mamá me quería hacer dormir,
se había acostado conmigo.

Dormí, ya
dormí, me dijo, que hace rato
yo estoy soñando con el mar.

En el invierno de Novolikonaevka
estos mismos ojos tan abiertos:
Ma, no veo tu sueño.

nube

Hace varios kilómetros voy
con la mirada en la ventanilla
la mochila sobre la falda
y sobre la mochila un libro
todavía cerrado.
Pasan patios desprolijos   
un limonero con frutas
como otras veces
el almacén “La Simbólica”
y el cartel del “Pool Clau”
en una pared de ladrillo.
Por costumbre miro, sin embargo
mi pensamiento anda lejos.
Las manos quietas
incómodas, sostienen el libro
como si fuesen ajenas.
En el asiento de al lado
un hombre canta
corazón de madera
tu has jugado conmigo
.
Pasamos el puente, un camión
la estación de servicio.
Hasta que al fin
se hace lugar una idea:
hay una nube     
naranja y gris sobre los árboles
una nube pesadísima que empieza  
en la iglesia de los mormones
y sigue más allá de la autopista.        
En esta combi ezeiza–liniers
eso es la belleza.   
El hombre cambia de canción
y yo pienso en llamarte.   
Ojala pudiera     
contarte en un mensaje breve   
lo que veo esta vez     
que no viniste.      
Pero dejo las manos en el libro.  
No sé por qué
si de tantos viajes juntas
alcanzaría con decir: nube naranja
y gris hacia la izquierda
y una canción que dice…

diminutivos

Bolsas, paquetes, señoras
señores, gallinas
comida, un perro y un nene
durmiendo
nosotros. Todo amontonado
yendo de un pueblo
al que sigue.
Adelante hay dos
que miran el paisaje
sombrero con sombrero.
El, con voz de niño o de anciano
le presenta cada animal, cada planta
como si la mujer hasta hoy
no hubiera salido del pueblo.
Apunta con el dedo
y va uniendo las cosas que pasan
con su diminutivo.
El silencio de ella, muy largo
me hace pensar que tal vez
conoce el camino
y se calla.
Semejante ternura
loca o senil, le merece respeto.
A mitad de la mañana
y la chatura del viaje
aparecen unas cuantas vicuñas.
Ahora el silencio
a él no le alcanza, se olvida
de la mujer, se da vuelta
y grita: 
¡Amigo! ¡Mire!
¡Mire las vicuñitas!

A los del fondo les grita
pero nadie se siente interpelado
en este micro viejo.
La ternura del hombre
suena sola, destemplada
y al rato desaparece    
entre los ruidos
de los otros pasajeros
y las piedras de la ruta
golpeando contra el chasis.

Sala de espera

¡Ah!, me dice. A éste
no se le entiende.
Se ampara
en que la poesía es…

y no le sale la palabra
para explicar el disgusto.
Sentado en frente un chico
con auriculares y ortodoncia
fija la mirada en el vacío
y yo acierto: ¿polisémica?, digo.
¡Eso!, afirma mi amigo burlón
alguien que lo escuche pensaría
que sus poemas
hablan de una sola cosa.
Una señora
desordena el revistero.
Nosotros no, leemos juntos
un libro que trajimos
y él me habla
como si yo también
estuviese en el negocio.
Nuestro programa es insólito:
vivimos a cientos de kilómetros
y hoy estamos conversando
en la sala del dentista.
Es que él es viejo
y a su edad sería de mal agüero
suspender el turno
que se esperó muchos días.
Hace años escribió
de los turnos de agua, el agua
de acequia para regar la viña.
Los últimos versos dicen

cuando cierran la compuerta
se te acaba el mundo

y al llegar el silencio él
casi siempre se ríe.

Como esos
que en una sobremesa
hacen música golpeando
botellitas de gaseosa
así, cuando está mi amigo
en el patio de su casa
o en la sala del dentista,
todo alrededor
empieza a girar, sonar
tener sentido.

lejos

De pronto en ese lugar de la siesta
allá por el tendal o el lavadero
donde a esta hora se mueve solo ella
canta. No habrán sido tantas veces.                            
Las palabras antiguas e infantiles                     
y la voz de mujer grande                                 
un hilito casi hablado                                      
que con la música apenas se sostiene. 
Siempre nos dijo:
Sordos
como una tapia.
En esta casa no sabemos cantar
.
Trabaja
cuando la casa está en silencio
sacude una sábana                      
dobla, marca el pliegue                                  
los gestos que repite son más viejos
que ese pedacito de canción.                          
No se podría decir que está contenta.
Es otra cosa.
 
Yo en medio de la noche en la que leo
pienso en ella –la voz pobre de tan tímida-.
Nunca oyó cantar a su madre, dice el libro.

Pero tiene una boca dulce.
Y siento un golpe, un hueco
el tiempo yéndose.
Estoy lejos.
Mi mamá a veces canta.

vehículos

En su casa habla portugués, en la calle
y el trabajo en una lengua
que seguro es más lejana. ¿Será por eso
que siendo tan distintos
estamos hace horas conversando?
La infancia de mi primo
fue en un hotel de ruta, el mismo
escenario que la mía.  A veces
le cuesta  encontrar una palabra
y empieza una oración que yo completo
con gente, objetos, materiales. 
Me cuenta que estuvo de nuevo
hace unos meses:

cuando vi el piso de laja
sentí que podía arrodillarme y pasar el día
como entonces. Cargar un camioncito
hacerlo rodar
sobre las piedras desiguales.
Despacio, para que no se caiga nada.

Me lo imagino ahí agachado,
un hombre grande, repitiendo con su juego
el andar de los camiones
en la realidad paralela de la ruta.
Y pienso que también
hay algo de eso en esta tarde:
los dos ocupados
con la carga  de recuerdos
como de chicos, cuando el tiempo
no importaba. Hablando rápido
cada vez con menos eses, usando
interjecciones comunes más al sur.

caramelos

¿Para vos qué es lo primero   
Emiliano? ¿tu recuerdo más antiguo…? 
Para mí es la abuela de negro
sentada en la galería que da al mar.
Sí, un vestido que llegaba casi al piso
y en el medio una hilera
de botones claros.
Caramelos escondidos
siempre en el bolsillo
y escondida también la botellita de anís.
Era muy vieja, la abuela.  ¿Vieja
como nosotros? No tanto.

Acá, cerca de los 80
conversan los más jóvenes
de los cinco hermanos. Juntos
hacen equilibrio en el recuerdo
como si anduviesen
sobre un tronquito de esos
que se tiran para cruzar un charco.

 

Claudia Prado

Claudia Prado

Claudia Prado nació en 1972 en Puerto Madryn. Publicó El interior de la ballena (Nusud, 2000), Viajar de noche (Limón, 2007) y, junto al artista plástico Víctor Florido, el libro de collages y poemas Aprendemos de los padres (Rijksakademie van Beeldende Kunsten, 2002). Codirigió los documentales Oro nestas piedras, sobre el poeta sanjuanino Jorge Leónidas Escudero (Voy a salir y si me hiere un rayo, 2010) y El jardín secreto, sobre la poeta Diana Bellessi (2012). Entre el 2006 y el 2011, participó en la coordinación del taller de poesía del proyecto Yo no fui, en la cárcel de mujeres de Ezeiza (www.yonofui.org.ar).
Desde el 2003, realiza talleres de poesía y narrativa para adultos y adolescentes
enunrincondeminaceraunaplanta.wordpress.com/