Sangre seca
como letras,
el tiempo engaña
pero vos,
vos,
vos.
Sangre impresa,
arrancada mía,
abrazo errado
pero vos,
vos,
vos.
Sangre perra,
mía, tuya,
como condena
traes
sin pausa
sol.
Venga la raya
que ponzoña
la garganta,
el cuchillo
chuza ansía.
Viento!
griten sauces,
miren la sangre
que lleva
el río.
Sangre
que mi voz
lloró,
agua
que lejos
muere
pero
acá nace,
no entonces,
hoy.
El goce
traga la noche
hiere
el grito.
Pasen
al espejo,
el espejo
testigo
del ruido,
el ruido
que duerme
al mundo.
Este gorrión,
eco intacto,
liviano,
esa tarde
y ese sol,
esa tarde,
pronto viento
en mi cara,
tibia,
ajena.
Entre letras
a b r e e l a i r e
sagrada y quieta
la herida,
i n s p i r o
profundo
para llevar
a más
el recuerdo
incrustado y
s o p l o
al árbol
que mece
criaturas
que entibia
el sol.
Frondoso eco,
dorado, lejano,
si el bosque
de aquí
o allá
o el rojo volátil
de la tierra
en tus manos,
furiosos te traen
a la luz
del continuo hoy.
En Hamelín
pura rata los callejones,
al río llegaremos,
antes de la mordida
que despierta
y tarde verán,
antes que la sangre
se aleje y olviden
el éxtasis.
Ni sabía pero a los diez tiré un ancla entre los helechos que me tapaban cuando la miraba lavar en invierno, las manos azules, las mías tan azules como el ancla, pincha los dedos el azul.
A veces quiero, otras no, a veces es dormido, cuando quiero es despierto, invento, invento, pero lo que es verdad ni se mueve, ilusión puta, tanta puerta y ventanita, puerta, ventanita, que abre, que cierra, siempre, siempre igual, siempre cierra, más puertas y ventanitas y todas, te juro, me dan cachetazos, entro y salgo, entro, veo los ojos desnudos que empapados imploran no se qué, la pared se despinta y se pinta, todo se mueve, la camperita vieja tiembla, no veo bien, y rota, como la casa, te vas.
Corro fuerte al armario, atrás de la tabla, justo, los escucho, ni respiro, decí que el olor a naftalina me hizo perder la memoria, siempre juego que voy a otro lugar pero vuelvo, decí que aparecí en el ciruelo, con luna subo fácil, subo, subo y subo a cazarlos, hasta que caigo.
Dame los bichos, los bichos de luz, dale, no me importa el golpe, ni que se mueran todos mañana, dame el frasco, a los bichos los prendo cuando quiero y cuando quiero te arranco todos los jazmines para que coman y no es rabia, es lindo.
Qué mirás, sigo tirado en el pasto, dormido no estoy y sí, esos grillos cansan y sigo, sigo sin decirte que ya sé y miento, miento con las rosas, sí, las jaspeaditas, no están regadas, ni están.
Estaba ahí, si comía, me serviste y hablaba, me hablabas, el frío venía, el viento y la ventana cerrabas, el viento errado, el hielo también y algo decías pero era lluvia, contestaba sobre otros días que llegarían con pasto y sol, preguntabas a la ensalada pero era más viento, viento puntual, cuando lo encuentre, y ese vinagre aturdía, masticaba, mordía, masticaba la historia, masticada y escupida, siete mil veces siete y sin ganas tragaba, estoico, estoicos oídos, ese pudor que cobarde aprieta, así seguía y en la falsedad: muy rico, todo, muy, que se repita, si sabía, sabía que esa historia seguía, masticada y escupida otras siete mil veces siete, por lo menos.
Daniel Taffarel es un escritor fantasma, dicho por él, o mejor dicho, también por él, lo intenta. Nació en Gualeguay, Entre Ríos y actualmente reside en la ciudad de La Plata. Escribe en las sombras y eso lo complica. Asiste a un taller de escritura con María Laura Fernández Berro, con luz. Allí, con esmero, articula palabras, construye una prosa engañosa o versos, versos que bajan el renglón con dudosa puntuación y siguen una música que no comprende pero oye. Sus textos, inéditos.