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María Negroni
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Interludio en Berlín

Era de noche o de día en mi biblioteca emocional. Primeras aventuras casi graves, casi tristes y el amor ni al Este ni al Oeste de la zona oscura. Sin consuelo el monólogo de la vida. Tuve que preguntarle al primero que pasaba: ¿cuál yo es yo? El hombre pareció desesperarse. Bajó las escaleras de un libro a otro y empezó a desvestirme de mis frases de piedra.

Llueve como un dolor feroz de dientes afilados. Respirá, corazón. Tranquilo. No pienses que vas a caer en el Género Íntimo. Te falta mucho para esos desafueros. Te falta amar todo lo que hiere y hiere y hiere: la visión prohibida, las taras del deseo, la colección privada de la noche cuando la luna es una mujer sola, hambrienta de su propia ausencia.

¿Qué hacer cuando todo predice el fin de las manías? Juego a las visitas por la noche, los miedos llegan a grandes bocanadas, en la pronunciación de qué paisaje. A veces, también, llegan a la cama, se vuelven levemente obscenos, un poco bobos o insolentes, como hilando motivos de un viaje sin motivos. Y después niegan lo que fue, mis sueños más feroces, mi biografía apócrifa y real. Necesito un saquito para la paranoia.

Días en que me encierro en la habitación de escribir con todo lo necesario adentro y ningún paisaje afuera. Nada como la sensualidad de la nada. Por la calle, pueden pasar todas las alemanas del mundo hacia el contorno de alguna realidad tan irreal como la mía. Qué podría importarme. He aquí mi pedacito de infierno, mi derrota dulcísima: sentarme bajo el sol negro de mi propio cuerpo cuando las plazas duermen y es la hora del siglo XIX. Mañana te cuento cómo me fue.

Contra lo que esperaba, nadie vino ayer a raptarme del otoño. Tuve que sentarme afuera y por un rato hacerme compañía. Ningún ser inesperado supo explicarme la tarde en sus fragmentos, correctos o no, bajo un cielo a regla y la perspectiva cambiada. Tuve que permanecer así, completamente alerta, entre el color del veneno y su estación venidera. Pasó un corazón mordido. Dijo: Date por seducida.

Con suerte, dejaré a mis lectores un cuaderno ilegible, sofisticado e inhábil, lleno de turbulencias en medio de toda clase de tensiones entre escribir y no escribir. Y eso que no me faltó un corazón dúctil a las tautologías, ni me negué a desplazarme por infinitas ciudades, visitando gimnasios, hoteles, zoológicos, supersticiones y mercados, sin más preocupación que rendir homenaje a la realidad muda, donde están en juego la noche del signo y el derecho a sufrir, esa carrera de caballos pisoteando el alma durante los recreos de un dios huérfano.

María Negroni

María Negroni

María Negroni nació en Rosario, Argentina. Tiene un doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Columbia, Nueva York. Ha publicado varios títulos de poesía: de tanto desolar (1985); La jaula bajo el trapo (1991); Islandia (1994); El viaje de la noche (1994); Diario Extranjero (2000); La ineptitud (2002), Arte y Fuga (2004), Andanza (2009) y Cantar la nada (2011). También publicó cuatro libros de ensayos: Ciudad Gótica (1994), Museo Negro (1999), El testigo lúcido (2003) y Galería Fantástica (Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI, 2010); dos novelas: El sueño de Ursula (1998) y La Anunciación (2007), y un libro-objeto en colaboración con el artista plástico Jorge Macchi, Buenos Aires Tour (2004).
Su obra ha sido traducida al francés, el italiano, el inglés y el sueco.
Obtuvo las siguientes becas: Guggenheim (1994), Fundación Rockefeller (1998), Fundación Octavio Paz (2002), New York Foundation for the Arts (2005), Fundación Civitella Ranieri (2007) y American Academy in Rome (2008). Su libro Islandia recibió el premio del PEN American Center al mejor libro de poesía en traducción del año (2001). Actualmente enseña Literatura Latinoamericana en Sarah Lawrence College, Nueva York.