Tuerto Rey - Poesa y alrededores

navegantes necesarios /
otras coordenadas

Raúl Artola
/ poemas

de Teclados

construcción del día (IV)

Es temprano
y esculpo una manzana
en la cocina.
La escasa luz
de invierno
empieza a filtrar
por la ventana
sus lentos pinceles.
La manzana
puede ser pez
magnolia
cerebro
granada
pero es el alba
y sería mejor
que el barrio
siga descansando.
Me como
la granada
antes
de que estalle.

 

Dao rojo fuego

Uno mira el cuadro
se conmueve, lo comenta
y dice: esta mujer es feliz
no pueden faltarle hombre,
mujer, vecinos, hijos
que la amen.
Uno mira el cuadro
y le dan ganas de llorar
por uno mismo.
Después nos enteramos
que la autora ha pasado
malos tiempos:
estuvo internada
toma barbitúricos
y nadie la cuida.

 

ensueño

De pronto la vi
a miles de kilómetros
doblada
con las rodillas
en sus pechos
gozada y gozosa
bella e inquieta
a miles de kilómetros
con un pañuelo
en la boca la vi
para que sus padres
no la escucharan
gemir.

 

perfil

El que mira percutir al hombre
su teclado
no sabe nada.
Ve los movimientos de los dedos
y los brazos
la espalda algo encorvada
anteojos que resbalan
por la pendiente de la nariz
algún sudor.
El que mira controla su reloj
y el tiempo pasa
igual que siempre
hasta un poco más lentamente.
El hombre que percute las teclas
no advierte la figura
que forma
ni le importan el sudor
o el cansancio.
Su tiempo no existe
en los términos corrientes.
El hombre que teclea sin cesar
no sabe nada más
que lo que hace
debe hacerse.
Y termina feliz su jornada
nunca satisfecho.

 

fabla viril

a María Teresa Andruetto

 

Pasolini me ha hecho leer y yo lo quiero
como al padre que nos señalaba la página perfecta
los canales venecianos y el capitel corintio
la belleza de la rama de glicinas
que cae sobre el muro y evocamos
una mañana neblinosa al ir a clase
sin saber la lección
las manos ateridas y los pies mudos
sobre las baldosas húmedas, desparejas.
Me hace leer Pasolini esa página
y yo le agradezco en silencio
acompañado por su sombra
y su mirada de padre que no quiso ser patrón
pero voló por olímpicas alturas.
Me contagia un ensalmo envolvente
para soportar el recuerdo
de aquellas mañanas impiadosas
y los atardeceres turbios
de regreso a la casa del amor arrinconado.
Y Pasolini no estaba todavía
para decirme: muchacho,
esto pasará, ya tendrás
tus horas de sueño y de vigilia ensoñada,
aguanta el invierno de la infancia,
yo te miro y a mi modo te cuido.
Y aunque no lo dijera aún
yo oía su voz en otras bocas,
en el aire adverso
se abría un canal amistoso
con el piano que me devolvía
una paz ignorada,
rescoldo que siento en mi pecho
tantos años después.

 

landscape

En la pintura
se ve una gris
casa de leños,
antigua y sólida,
en medio del bosque.
Parece confortable,
un edén posible
para hacer la vida
libre y volátil
de la imaginación,
siembras y cosechas,
amores y comidas.
De pronto, el cuadro
se abre ante nosotros,
nos devora
y dentro encontramos
moho, alimañas,
tabiques vencidos
y un acre olor
a leños húmedos.
Vive gente allí
que se recela
y duermen
con un ojo abierto
y la mano
en el hacha.

 

(inéditos)

 

retahíla

 

Algún grado y estilo
de maltrato, algodón
en los oídos, un percance
sin resolver en la cocina,
ocho velas en la mesa
de la señora Ramsay,
el broche perdido
que valió un casamiento,
una frialdad de invierno
en la mirada, lo que nadie
merece y todos ofrecemos,
el carnaval en la isla Maciel
con sus acordeones
sobre el riachuelo.
Nada de esto tiene sentido
sin una pizca
de humanidad.

 

una noche

Iluminados a carbón de leña,
jodidos de frío,
con el corazón prieto,
juntos bajo la única frazada,
tomados de las manos,
espantando fantasmas ajenos,
hemos rezado
en un idioma extraño,
coramina y grial,
dulcamara y leviatán,
esperanza sin razón.
De madrugada,
los leños florecieron
como una zarza ardiente.
Habíamos cambiado
el anhídrido carbónico
en oxígeno purísimo.
Salve, dijo el mirlo
en la ventana.

 

un sueño

Entro a una casa vacía.
En muchos rincones
hay cajas de varios tamaños.
Todas dicen frágil arriba.
Tanta insistencia me llama
y abro una:
sale volando una paloma.
Abro otra:
una flor con resorte
salta y me roza
la nariz.
Con la siguiente
tendré cuidado
me digo.
La abro y encuentro
una pila de cartas
sin despachar.
En la casa había vivido
un mago y el pueblo
nunca tuvo correo.
Me llevo las cartas
antes de que sea
demasiado tarde.

* * *

La poesía es un toro de lidia en el ruedo, solo, vestido con su traje de luces.

 

Raúl Artola

Raúl Artola

Raúl Orlando Artola vive en Viedma, Río Negro. Es periodista, narrador, poeta, docente y editor. Publicó en poesía: Antes que nada (1987), Aguas de socorro (1993), Croquis de un tatami (Premio Madres de Plaza de Mayo, 2002) y Teclados (el suri porfiado 2010). En narrativa, El candidato y otros cuentos, premiado en el XXIII Encuentro de Escritores Patagónicos de Puerto Madryn, apareció en 2006.
Compiló Poesía/Río Negro - Antología Consultada y Comentada. Volumen I (Fondo Editorial Rionegrino, 2007), que reúne a 23 autores. Dirigió la revista-libro “El Camarote – Arte y cultura desde la Patagonia” entre 2004 y 2009.