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Patricia Coto
/ Una Poética. Por Adrián Ferrero

“Patricia Coto: una poética de la creación”
por Adrián Ferrero
 

La trayectoria profesional y creativa de Patricia Coto (La Plata, 1954) se ha desplegado, precisamente, a partir de esta doble perspectiva sobre el acontecimiento literario: el de la poeta y el de la estudiosa. Y no exactamente en puntos coincidentes ambas dimensiones a nivel de los contenidos. O al menos no en lo que a las apariencias puede advertirse. En efecto, Patricia Coto tiene una extensa trayectoria consagrada a la creación poética. Una vertiente ligada en el orden profesional a la docencia secundaria y universitaria en distintas instituciones pero, sobre todo, en la educación superior en la Universidad Nacional de La Plata. Luego haber completado sus estudios de grado en Letras, se doctoró también en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Ello no hace sino confirmar una obstinada búsqueda por la excelencia en trabajar a fondo el conocimiento y en el perfeccionamiento y la excelencia en los saberes de su disciplina. En tener en claro que en literatura resulta importante un nivel de reflexión sobre la poética que solo se alcanza en bajo ciertas instancias formativas. Pero, al mismo tiempo, en buscar una coherencia sin fisuras en sus líneas de investigación. Ahora bien: ¿por qué Patricia Coto siendo poeta ha insistido en indagación en torno de los relatos de la creación popular anónima? Ese sustrato imaginario que no tiene autor ni tiene dueño. Pero que es patrimonio de todos. Procuraré deslindar este punto a continuación.

Patricia Coto en poesía ha publicado, entre otros libros,  Libro del vigía (1978), Libro de la memoria (1981), Libro del espejo ardiente (1984), Libro de la frontera (1992), Libro de navegación (2003) y Fanales (2009), además de haber participado en volúmenes colectivos. Ha recibido distinciones Municipales, Provinciales y Nacionales. Integró los grupos Latencia, Contrastes y Los albañiles. Ha publicado un libro sobre narrativa oral: De narradores populares y cuentos folklóricos (1988), Premiado por el Fondo Nacional de las Artes para su publicación. Y en 2012 el libro Qué dicen los inmigrantes cuando cuentan, un extenso trabajo sobre narración popular oral, consolidando búsquedas, sistematizando resultados, rastreando fuentes, pesquisando en una bibliografía que no siempre resulta profusa. Dicta habitualmente talleres de escritura en distintas instituciones. Ahora bien: hay en Patricia Coto una ética de la escritura que se pone de manifiesto en varias dimensiones que me gustaría subrayar porque no suelen ser frecuentes. En primer lugar el trabajo generoso que realiza desde sus talleres con los y las asistentes. Patricia Coto promueve la cultura literaria de la ciudad de La Plata, lo que resulta una iniciativa fecunda además de noble porque favorece la producción creativa con todo lo que ello supone. De multiplicación a su vez de otras iniciativas por rebote. Publica libros colectivos hacia fin de año como resultado de la producción literaria de sus talleres. Y participa con ellos de lecturas públicas. Ha dictado conferencias y cursos sobre temas vinculados a poesía y poética y a sus investigaciones.

Simultáneamente, el trabajo sobre narración popular se acentúa y se alcanzan a fondo zonas sémicas que permiten arribar a resultados conclusivos en torno de este corpus y su abordaje. Luego de una búsqueda sostenida sobre el tema. Después de muchos años de indagar, que el producto se vuelque en un extenso estudio, resultado de su tesis de doctorado no puede sorprendernos sino ratificar de modo concreto cómo se ha materializado su labor y cómo se ha plasmado en una iniciativa inteligente..

También a Patricia Coto le ha tocado atravesar épocas oscuras del la Historia del país, pese a lo cual siguió publicando. El haber participado de grupos creativos la familiariza con otras poéticas, le facilita deslindar y darle identidad a la propia. Un reconocimiento de la del semejante que es contemplado con respeto y desde su singularidad. Y haber participado de grupos poéticos, para el caso tres, dan la pauta de una personalidad abierta al trabajo colectivo y a conjugar esfuerzos con el espíritu de pluralismo necesario como para llevar adelante propuestas inclusivas.

Tampoco Patricia Coto oculta su trabajo a favor de la Iglesia sin caer en modo algunos ni en dogmatismos ni en pacaterías. He asistido a lo que escribe, lo que lee, denotando un nivel de apertura sin precedentes en sus lecturas muy en sintonía con su tarea docente. Lecturas que no cierran los sentidos sino proceden a una diversidad que neutraliza los discursos unívocos y, en cambio, es alimento los multívocos. Evita lo monológio y despierta a la polifonía con sentido del pluralismo. Y toda la gama de paratextos que van de fragmentos de la Biblia a otros de Juarroz, o bien de Pedro Salinas, Lorca todo confluye en una perspectiva según la cual la lengua española se funde desde su vertiente ibérica a la nacional con inflexiones rioplatenses. Así, en esta variante del uso nuevamente es la lengua literaria la que permite recortar la silueta de su poética. Y también de modo continuo contornear un universo poético atento a la expresión acudiendo a ciertos recursos y no a cualquiera ni de modo discontinuo.

Postulo como hipótesis provisoria una bivocalidad en la poética de Patricia Coto. Por un lado la melodía del español ibérico frente al rioplatense, que se establece entonces en este diálogo entre la voz de los paratextos bajo la forma de epígrafes y los poemas propiamente dichos. Por el otro, en un plano muy distinto, la voz de relato oral frente a la voz del poema cuya densidad sémica es mayor, su lengua literaria menos comunicativa pone el acento en el mensaje, como bien lo ha hecho notar Roman Jakobson. En tanto previamente la voz del relato oral y la narración popular trasuntan una vivacidad, una expresividad, un lenguaje directo, sin adornos, despojado, menos connotativo y también un lenguaje popular que puede no pertenecer a nadie y pertenecer a muchos. Así, el poema se vuelve contracara. En este sentido las dos caras de Jano de Patricia Coto plantean no diría un dilema (porque eso sería sentar las bases de una lecturas en términos excluyentes y no inclusivos) pero sí una divergencia que hace que el poema y la voz popular se confronten (al menos desde el plano de los estudios, pero también desde un sistema de lecturas profuso) como una voz con firma de autor y una voz anónima. Una voz hablada por todos o por una comunidad frente a la voz de la intimidad de la poeta que lo hace exclusivamente en nombre propio y en la zona de la soledad de su espacio privado, lejos del ruido, incluso necesariamente distante de esa voz dialogada de cuento popular, su circulación máxima a todo a lo largo de la cual se propaga.

Patricia Coto me ha mencionado innumerable cantidad de maestros en su vida, particularmente a Rodolfo Modern, el poeta Horacio Castillo, Ana Emilia Lahitte, de quien una vez me confesó: “para todos nosotros fue una maestra”. De modo que hay también, como en Lahitte sentido de arraigo en Patricia Coto. Y hay, y en este punto voy a hacer especial hincapié, integridad, un perfil bajo que no busca en la poesía sobresalir ni resonantes personalismos carismáticos (circunstancia que resulta tan penosa) como una celebridad (a cuya figuración, tan dada por otras figuras en casos como este, ella jamás aspiró) pero sí un reconocimiento del trabajo de cada poeta según sus méritos, su laboriosidad, su talento, su inteligencia. Si bien un cierta virtud en la escritura se heredan, otra bien se aprende, otra es producto del esfuerzo y la constancia incesante en Patricia Coto en su afán formativo la distingue creo yo de modo singularísimo. A mi juicio Patricia Coto pertenece a esta clase de creadoras. Alguien que se propone y acepta desafíos pero también alguien que sabe hasta dónde llegar para que su exposición pública no obstaculice la invención ni tampoco la arrincone en un territorio de palabras vacuas ni menos aún en la presuntuosidad.  En este sentido, de modo fundamental, no confunde lo profano y lo mundano con lo más sagrado en una persona que es su capacidad emotiva y su capacidad de apreciación de lo estético.

Pero luego de haber trabajado la oralidad en sus trabajos de investigación, se permite trabaja e indagar en la lengua escrita del poema, su consistencia y, ante todo, su forma que rompe con el relato. ¿Por qué Patricia Coto eligió como temas de investigación la narración popular? Esta constituye una buena clave de lectura para ingresar a su poética. Oralidad, comunicación coloquial, construcción de la oralidad en un relato pero al mismo tiempo desde un abordaje creativo desempeñado con las búsquedas del intelecto. Me concentraré para ingresar en la poética de Patricia Coto no en todos sus libros, lo que sería excesivo no es la tentativa de este artículo, sino en los que considero claves para un sumario ensayo de lectura de su poética De otro modo corro el riesgo (y la tentación) de hacer de este trabajo un “libro de arena”, en palabras de Borges. Y es que el poema guarda algo de la arena que cae midiendo un tiempo. Un tiempo de lectura y un tiempo de escritura. Y un tiempo histórico. Persistente, Patricia Coto horada el lenguaje para, desde la perspectiva de los estudios literarios investigar un corpus poco trabajado. Por el otro, creo ella misma su propio corpus: su lírica. Entre abordaje de corpus y creación, esto es, producción de una poética se juegan sus dos flancos.  Así está lo que se consume (en el sentido de: se lee, se interpreta, se asedia) y lo que se produce (se escribe, se corrige, se revisa).

Curiosa la irrupción sutil de Libro del espejo ardiente en La Plata en 1984. Corren ya los aires democráticos. Está restaurado el estado de derecho y la poesía tiene la potestad también de constituirse en un fluido necesario porque revitaliza vínculo atomizados y viene a traer alivio sensible a una comunidad sufriente que ha padecido momento dramáticos.

Ya no libro incipiente, ya no aurora que promovía una pluma optimista, este libro es indicativo de pulso firme de poeta. En efecto, el poemario  no deja de hablar sino de cómo estamos hechos, pero también de cómo nos convertimos en palabras, cómo somos dados a luz por ellas, cómo son luz las palabras porque al ser pronunciadas alumbran. Y al tener el poder de decirlas los poetas también tienen esa potestad. Un poder que no es soberbio pero sí es ese soplo con que probablemente ese Dios de las tinieblas hace o hizo la luz. La luz hizo un acto de  irrupción impetuoso que abrió el universo entre lo que puede ser advertido y lo que permanece velado. Del mismo modo en que la luz atraviesa la oscuridad al permitir nombrar una superficie de las cosas que permanecía sin nombre, literalmente innominada. La silueta del ser de pronto se vislumbra gracias a las palabras de Patricia Coto que es quien mediante un lenguaje diáfano, sin rebuscamientos ni innecesarias gimnasias del lenguaje tiene el don de hacerlo. De modo que Patricia Coto ante todo es meridiana. Su poesía es transparente. Ello no es sinónimo ni de fácil, ni de simple ni menos aún de simplista. Sino de que la complejidad que subyace a su poesía y a la que aspira con su poética no estriba en formas poemáticas intrincadas ni en palabras difíciles o ambiciosas. Más bien su poética transmite sin demasiadas mediaciones contenidos y sentidos complejos urdidos en diálogos con las citas de los grandes poetas españoles, los argentinos y nada menos que la Biblia misma, lo sabemos, un libro fundamental pero, por sobre todo, un libro fundacional. Pero no cualquier parte de la Biblia. Hay dos momentos culminantes a los que me atrevo a aludir: el Génesis, por un lado. Y el momento en que Jesús llora. Esto es: el comienzo del comienzo. Cuando de la nada emerge el ser. Y el otro estadio: cuando lo todopoderoso flaquea. Convengamos en que son puntos de inflexión en la historia de una biografía, del universo, de un libro, del lenguaje mismo. Es así como atravesados por la temporalidad somos definidos como sujetos que experimentamos el deterioro y el crecimiento a la vez. Y crecimiento de una voz. Porque ante todo Patricia Coto nos permite escuchar la música de una poesía serena, sin estridencias, que no perecerá porque es clásica. Respecto del llanto de Jesús, quebrado en una garganta que se estruja, es ese momento en el Dios se tambalea,  el punto en el que toda vida, aún la más sublime, aún la más omnipotente, siente que su espíritu y su cuerpo (porque es espíritu encarnado), duda, se estruja, teme y experimenta entonces una condición mortal que sabe le será sustraída. Pero ello ocurrirá para ganar otra de orden supremo. No obstante, eso no quita el instante de estremecimiento por un sufrimiento que sabe padecerá. La condición mortal de todo sujeto es uno de los atributos con los que Patricia Coto interpela al lector. Su finitud es también es zona a la que acude de modo elocuente para indicarle que no se tome ni como trágico lo que le está sucediendo o puede sucederle ni como despreocupación una vida que puede estar conducida por la ligereza. Se trata de un recordatorio y de un señalamiento. Si esa circunstancia falible le ha acontecido al ser más omnipotente del universo ¿qué le queda a un simple mortal? En principio, diría yo: asumirla. El primer paso para no padecerla o padecerla en menor medida. En segundo lugar, sentir que es el paso consiguiente para otra cosa que ignoramos qué o cómo será. Para algunos la nada. El fin para siempre de las cosas. Para otros, como Patricia Coto, en virtud del sistema de citas y la cosmovisión planteada en el poemario, un universo que la Biblia ha dejado entrever pero no definir de modo nítido en sus contornos. Lo cierto es que también hay lugar en este libro para ciertos momentos profanos que trazan un riquísimo contrapunto con lo sagrado precisamente porque se recortan como contrastes. Como un par de zonas sémicas que se atraen, por un lado pero por el otro son antagónicas sin llegar a repudiarse. De modo que entre la dimensión física, sensual, que embriaga está la otra: la metafísica y la sacrificial. Ello no hace sino pintar un friso interesantísimo para pensar la poesía para cualquier lector inquieto. Porque no se trata de un libro monótono, lineal o eventualmente previsible. Traza recorridos elaborados, que vuelven al poema una materia semánticamente densa. Restituyen al poema, en un punto, su condición corporal. En tanto que soma no me refiero a que el cuerpo sea goce, sino a que es también experiencia menuda y experiencia de la vida que lentamente comienza a expirar, languidecer, hasta diluirse por completo. Pone frente a nosotros un panorama de experiencias notables por las que atraviesa el sujeto y que lo sitúan en relación con sus semejantes en lugares y planos distintos. Eso por un lado. Por el otro, el cuerpo es para la deidad lo que la extravía en el dolor (pensando en la cruz) pero al mismo tiempo lo que le permita ingresar en un estadio más completo en tanto que ser Supremo. Pero sin embargo al cuerpo que goza de este mundo la pérdida o el sufrimiento lo evaden del placer. Ese sufrimiento inhibe el goce. Para cerrar diría que este espejo ardiente especularmente dibuja el rostro de un sujeto (varón o mujer, incluso deidad) que se confronta y se confiesa frente a sí mismo y tiene la percepción y la autopercepción de la embriaguez (como señalé), de la pasión y de todo aquello que desordena el espíritu. Es la distorsión del espejo, como el título de un libro que leí. Todo ser mortal en tanto que conformado por la carne está sometido a una serie de limitaciones, padecimientos, torturas y disfrutes, en un largo etcétera. Y todo ser mortal en tanto espíritu está sometido a todo tipo también de limitaciones y desbordes ¿en qué lugar buscarnos? Aspiramos a una armonía, muchos de nosotros, según la cual exista un cierto equilibrio entre la vida constructiva, el trabajo, el desfallecimiento en brazos del amor ¿por qué no? Y también en el trabajo. Sigmund Freud daba como definición de alguien sano quien era capaz de amar y trabajar. En este libro las pasiones se desbordan frente a un espejo que restituye a un sujeto su propia condición deseante y vagamente desorbitada. Sin embargo, hay también en lo ardiente una plenitud. A esa plenitud apostaría yo. El leño que arde alumbra, da luz, da a luz, da calor, reproduce un estallido en el que se hace astillas como chispas que flamean. Esas flamas podríamos decir que son la pasión. De modo que un espejo que arde es en verdad un sujeto que se observa a sí mismo en estado de ebullición. Y en un determinado estadio que puede o no desear pero que se le manifiesta como inexorable. Ha de ir ahora ya no al encuentro de su propia imagen sino de un cuerpo que lo abrigue, que lo abrace, que lo abrase, que le haga sentir el temblor que sentimos cuando  nos fundimos con la alteridad en el abrazo que todo lo estremece. La pupila será entonces el espejo. Que arde, junto al relámpago y el trueno.

Libro de la frontera, de 1992, ya hacia una década más tarde de la democracia que recuperaba el estado de Derecho se abre hacia un panorama que puede ser leído desde muchas claves. Hay menor cantidad de paratextos. Se atenúan las referencias bíblicas y sin embargo hay menos embriaguez. Se acentúa la dimensión relativa al universo de la vida cotidiana y menos de la metafísica en sus zonas de mayor paroxismo. Así,  imprevistamente nos encontramos con un paisaje distinto, figuraciones en torno de, por ejemplo, una araña que teje una tela como tal vez un creador o creadora tejen una trama. ¿quizás como lo hace un poeta mismo? Una trama que podría ser tanto de temas como de formas. Me inclino a pensar en una cierta fisonomía. Y hay una cita, que sin embargo no se olvida de lo sagrado por completo, del poeta Rafael Felipe Oteriño. Dice Oteriño: “qué frágiles archivos somos, invisibles y puros/como esos monjes que meditan en jardines de arena”. El poeta/archivo, el sujeto/archivo que mediante el ejercicio memorioso retiene un sinfín de ideas, recuerdos, evocaciones, momentos, monumentos del espíritu, naturalmente lecturas y la capacidad de concebir tanto el arte como lo sagrado de ese arte. Una elaboración mental del orden de la devoción porque si bien en el libro ni la religión ni lo sacro parecieran ser el epicentro de su meditación, sí hay en este epígrafe condensado una poética de lo que el recogimiento de un monje es capaz de adorar y es capaz de pensar como fundamento último de su existencia. La justificación de su vida. Finalmente, agregaría a todo ello que si somos en tanto que sujetos “frágiles archivos”, nuestra memoria por lo tanto es lo es. Una capacidad de retener que no resulta satisfactoria en términos ideales porque desarticula el pensamiento divino con el pensamiento terrenal (el pensamiento terrenal no puede sostener ni retener el divino sencillamente porque la finitud cuenta hasta un cierta cantidad de numerales y luego se diluye) y al mismo tiempo lo extravía. Este es el punto. Si somos frágiles es porque no contamos con la solidez necesaria y consolidada como para sostener una interpretación del mundo y una evocación de ese mundo. Y somos invisibles. Tampoco se nos ha restituido nuestra condición de seres tangibles ni de seres con una figura. Somos algo ante todo imperceptible pese a que pensamos que en nuestra identidad de sujetos de modo protagónico habitamos este mundo. Frente a esta perspectiva, un “libro de la frontera” demarca un conjunto sémico de referencias a la pertenencia a espacios distantes que no se alcanzan a tocar, a bordar, se acercan a filos, a zonas inconmensurables para el sujeto que no está llamado a visitar pero sí a poder apreciar como una tópica mediante la cual de la temporalidad imaginaria del poema pasamos a su espacialidad imaginaria. Y en este caso esa espacialidad nos está denegada porque resulta imposible a un humano conquistar esa cartografía inalcanzable que son las palabras orientadas hacia un objetivo trascendente. Somos seres fronterizos. Desde una lectura más metafísica la frontera podría estar dada por no ser ni divinos ni materiales. Sino una suerte de punto medio, de entidad según la cual el cuerpo se aloja en un espacio que ni toca las alturas ni tampoco permanece por completo en la tierra. Es un entre/dos. Y en este punto me detengo en esta segunda instancia del trabajo. Con la hipótesis de que la poética de Patricia Coto sitúa al sujeto en una circunstancia precaria, por un lado. No por limitada sino porque le hace cobrar consciencia de sus límites dado lo posible de abarcar y lo imposible de lograr. El ser humano no es ni divino ni humano de modo definitivo. Es fronterizo, como ese sustantivo que define sémicamente el título de su libro. Y no es ni sagrado ni profano por completo. En este, insisto, entre/dos nos sitúa una poética que al sumirnos en ella nos hace sentir (literalmente) algo o alguien. Lo que somos. Lo que no seremos jamás. Lo que podríamos llegar a ser pero no alcanzaremos jamás. Somos seres (vuelvo a la frontera) limítrofes. Entre ese estar existiendo. Entre este estar siendo. Entre este estar viviendo en un punto provisorio y en otro estar viviendo en otro punto inestable que no tiene un dibujo nítido sino que se define en relación a lo que lo rodea, en tanto que humanos no podemos dejar de sentir un cierto desconcierto. Por lo decir un cierto desasosiego. Estamos en el medio. Y en ese medio inquietante que sin embargo los griegos postularon como el camino de la armonía, de la justicia, de la belleza, del equilibrio, también quizás para Patricia Coto sea una definición entre ese ser terrenal gobernado por necesidad, apremios e instintos. Pero sin embargo, hay otro impulso. Un impulso que tiene que ver con la fe. La fe en ser algo superior, no necesariamente remitiéndome a algo sagrado. Sino a algo que nos permita superarnos.

Sabemos que estamos vivos. Sabemos que escribimos. O que leemos. Y entre estas dos faces de la vida de la intelección está la vida cuando deje de serlo. Cuando se apague definitivamente. Patricia Coto deja un fuego no es ni la fogosidad de dos cuerpos que se acoplan ni la fogosidad de dos cuerpos que se violentan en un combate que por nuestros días la poesía suele asumir desde muchas acepciones y desde muchas perspectivas y desde muchas apariencias. El fuego que nos deja Patricia Coto es el fuego de lo que al escribir suele quemar en la mano porque resulta visceral.

Una ética de la escritura en Patricia Coto estéticamente vale para cualquier orden de la actividad humana. Por ese sendero del camino del medio, de la marea que llega pero que no se instala. Que toca la playa y se retira. Que embate el malecón pero retorna a su punto de partida. Es el camino en el que no pertenecemos ni a la tierra por completo ni al orden de lo celeste. Es el territorio al que estamos condenados. Al ser a medias. Y en ese ser a medias, debemos procurar, también, ser felices. Para ser. Par hacer. Y, sobre todo, para hacer sentir a otros lo que vale la pena ser sentido. Es ese mismo sentido que tuvo lugar en el comienzo del poema antes de que aconteciera. Aquello que tuvo lugar en el comienzo del comienzo: para dar lugar a lo que se ha dado en llamar y en concebir como la creación en su punto de máximo esplendor.

Patricia Coto

Patricia Coto

Patricia Coto. La Plata, Argentina, 1954. Poeta, Doctora en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, docente. Publicó los poemarios Libro del vigía (1978), Libro de la memoria (1982), Libro del espejo ardiente (1985), Libro de la frontera (1992), Libro de navegación (2003), Libro del humo (2014). Entre otras distinciones, obtuvo el Premio Nacional otorgado por el Fondo Nacional de las Artes en la categoría Ensayo, en 1986, por su libro “De narradores populares y cuentos folklóricos argentinos”, publicado en 1988 a través de Ediciones Filofalsía; en el mismo género se edita en 2013 “¿Qué dicen los migrantes cuando cuentan?” (Editorial de la UNLP, 2013). Integró los grupos literarios Latencia, Contrastes y Los albañiles, con los que participó en publicaciones colectivas. Coordina talleres de Poesía.

Adrián Ferrero

Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor y Doctor en Letras por la UNLP. Textos suyos se han publicado en el país, en México y en EEUU, entre otros, tanto en español como en traducción al inglés.