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Ana María Shua
/ Sobre “Aguerridas musas” de Mario Goloboff

En sus “Nueve ensayos dantescos”, Borges hace su célebre análisis de la despedida de Beatriz en el Canto XXXI del Paraíso. La última sonrisa, la última mirada de la musa en el empíreo está lejos de la placidez divina: es una circunstancia atroz, doblemente virulenta. Antes de desaparecer en fuente eterna, Beatriz le regala al poeta una breve estadía en el peor de los infiernos.

Esta la tensión que se manifiesta en el concepto mismo de musa. Bellas y terribles, las musas son seres celestiales y demoníacos al mismo tiempo. Goloboff las retrata aquí revelando el misterioso entramado de su vida. En esta recopilación de textos publicados en Página/12  -textos no necesariamente biográficos– el autor aborda de distintas maneras la vida de mujeres que fueron significativas, que tuvieron un papel grando o pequeño en la historia de la humanidad.  Reales y de ficción, simples, humildes o llenas de un heroísmo sobrenatural, inagotable, “irreductiblemente libertario”. Siempre brillantes, puntos fulgurantes en el tiempo.

Sabemos, leemos, entendemos, que Goloboff fue seducido por su canto. Se ató al mástil para escucharlas y volver para contarlo.

Como un arqueólogo, Goloboff fue desenterrando las pruebas que documentan estas historias, y nos acerca a ellas con una erudición sin pretenciosidad, con una elegancia delicadamente tallada.  Por momentos la mujer deviene en inspiración, otras veces es guerrera o aparece como una fuerza mítica, política, literaria y artística. Es la musa, en suma, como portadora de una energía singular y mistérica. Y no solo en la historia, sino en su mismo y misterioso corazón de ficción:  aquí están también, junto a las históricas, las míticas Penélope, Molly Bloom, Ariadna, Casandra y la Maga.

Como advierte el propio autor, su tarea es seguirle el rastro perdido a la musa. Muchas nos son desconocidas –actrices secundarios, figuras perdidas en el reparto– y hace falta precisamente indagar,  investigar hasta llegar a esas “vidas con luz propia”, como dice, con toda justicia, de Milena Jesenska, que fue mucho más que la amada de Kafka.  Sin embargo, nos damos cuenta rápidamente de que hay todavía algo más. Esa luz propia está tamizada por la visión singularísima de Goloboff como los rayos del sol cuando entran en una catedral gótica. A través de sus musas el autor proyecta sus propias visiones. El tamiz de la impresión y la sensación le dan forma a una voz singular, y es esta voz la que nos ofrece una coherencia espacial, la que le da forma al caos.

Lo biográfico, lo real, lo objetivo, son hilos que se entraman y dan forma a un tapiz narrativo. Goloboff, como un hilandero medieval, se lanza a la ardua tarea de revivir la historia con arte y estilo. Así, el tenebrismo pictórico de Caravaggio (está la historia de Artemisia Gentileschi prefigura el amarillismo de los medios de comunicación de hoy y la tendencia a  “escarbar y de exhibir zonas recónditas y oscuras de nuestra condición”. Quizás estos pasajes menos historiográficos son los más seductores,  esos momentos en que se deja monteáneamente de lado el rigor académico y florecen todo tipo de conexiones, casualidades, paradojas, etc. En contrapunto, Goloboff ejecuta un movimiento constante de va de lo local a universal, conectando sucesos mínimos con lo macro: una dialéctica vertiginosa de lo sincrónico y diacrónico.

Este espacio fértil es la tierra de la musa. Y este libro está plagado de esa misma variedad vital: hay múltiples formas de amor floreciendo en las encrucijadas emocionales, políticas y artísticas de la humanidad. No hay una sola fórmula, sino que el libro nos propone diversas aproximaciones. A veces el foco está en la musa/heroína, pero muchas otras se desvía hacia el artista inspirado, o a la historia, o a una obra. Y esto quizás sea una muestra de la enorme sensibilidad del autor, de su cuidado a la hora de trabajar con la historia y el arte, sus herramientas. Esta idea de la encrucijada es un eje central: el autor busca llevarnos rapidamente al nudo, al minuto clave y definitivo: al momento del salto.

Y este salto, este  quiebre puede ser personal o social. Goloboff va cambiándonos el lente, el foco, alternando entre esas grandes tomas que se imprimen como frescos que engloban la experiencia de la tribu, un gran angular para situarnos, por ejemplo, en el mapa de la Europa revolucionaria, y a continuación un poderoso zoom: el detalle mínimo de un gesto, las palabras claves de una carta. Son claves que sirven para captar un secreto íntimo guardado en las entrañas del tiempo. Y estos contrastes le dan riqueza y dinamismo al libro. Están las grandes guerras europeas, el fascismo, el comunismo, la dictadura, sí, pero también está el detalle mínimo y revelador de cada vida.

Así, por el delicado hilo de la inspiración, la política y el arte se van cruzando, interrelacionando. Hay valientes musas revolucionarias como Élisabeth Toumanovski, Inessa Armand, la Condesa Roja, Adela Velarde Pérez y Lolita Lebrón, entre muchas otras. Y también hay musas que marcaron la historia del arte y operaron sobre la manera en que escritores, músicos y artistas plásticos forman lo que el autor llama “mecánicas de la representación de la realidad”, es decir, cómo se traduce la experiencia en obra, cómo dialoga el artista con la violencia, la guerra, la matanza colectiva, la explotación, la miseria, el hambre, la tortura, etc.  La musa juega aquí un papel ambiguo: es un bálsamo que calma y es un daemon que sume al autor en una inspiración febril.  Lo que está haciendo Goloboff es una penetración iconográfica, histórica y psicológica en la obra de arte.

Desde el diálogo fantasmático de la lírica amorosa, (como en las cartas que le escribe a Chejov su mujer, después de su muerte) hasta la representación concreta del cuerpo de la musa (Joanna Hiffernan, la modelo de “El Origen del mundo”, de Coubert), desde el esfumado Renacimiento y las modelos de Leonardo hasta las atrocidades que aún nos marcan como latinoamericanos, “Aguerridas musas” escapa a encasillamientos ideológicos, a un enfoque propiamente feminista, historiográfico o academicista: combina visiones, refleja y amplifica lecturas de lo que nos rodea. Y sobre todo las conecta. Así es como Goloboff llega a componer una imagen tan amplia y diversa de la musa: esta fuerza expresiva y política; temeraria y libertaria; que opera en la hoja, en la tela, en la calle. Y no nos queda más que decir, después de haber leído su libro, que este hombre entiende de arte, de política y de mujeres.

Ana María Shua

Ana María Shua

Ana María Shua es una de las escritoras más destacadas de la narrativa argentina actual. Su obra, consolidada en el mundo,
ha sido traducida a más de 12 idiomas. Todo Shua en: http://www.anamariashua.com.ar/