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María Elena Aramburú
/ Acerca de “oficio de extraño” de Osvaldo Ballina

Acerca de “oficio de extraño” de Osvaldo Ballina

 

Estamos ante un nuevo libro de poesías de Osvaldo Ballina, quien me ha pedido que lo presente, y voy a hacerlo como lectora. Y como tal, con mi mochila a cuestas de saberes, ignorancias, gustos, limitaciones, aceptaciones y rechazos, que es lo que todos desplegamos en el acto de leer.

Lo primero que llama la atención es el título, y en toda obra, especialmente poética, estamos suspendidos, como colgados del título para interpretar lo que vendrá. En la pintura, en la música, a veces el título no es relevante y hasta podemos no prestarle atención, pero en el texto escrito el título nos interpela ¿no es cierto?, no nos deja en paz.  También los epígrafes cumplen ese rol de movilizar nuestros sentidos y despertar la curiosidad. Y el que preside esta obra, de Héctor Älvarez Murena, es más que curioso, porque se trata de una invitación a anular nuestros sentidos, … “una mano cerrando los labios,/la otra velando los ojos:/ es la forma de comenzar”. Pertenece al poema Tenemos, de este hombre de letras argentino, cuya obra poética se caracteriza también por el despojamiento y una suerte de inmersión en un mundo interior que excluye la sonoridad y confusión de lo circundante. La quietud, el silencio, como vía de conocimiento.

Pero … epígrafes puede no haber y en cambio el título siempre está, provocativo, desafiante, oscuro o transparente. Volvemos entonces al título: Oficio de extraño. Caramba, esto es raro, muy raro. Hay una ruptura sintáctica evidente. Fíjense que la construcción “oficio de…”, pide inmediatamente un sustantivo, es decir un “poeta, músico, albañil, orfebre, maestro”, lo que sea. Pero aquí, en vez de ese sustantivo esperado, viene un adjetivo, así, solito, sin artículo. Quiero decir, el autor eligió no decir “oficio de un extraño” u “oficio del extraño”, sino convertir al adjetivo en el término -diríamos los profes-, de una construcción que disuelve, altera o perturba, si quieren, el orden formal, esperado, habitual al oído y a la comprensión. Primera instancia, entonces, que nos confronta con una “extrañeza” lingüística y que, a poco de andar por la lectura, se nos revelará como una marca de identidad, como un sello semántico deliberado  y calcinante, porque arde y quema  y por momentos  da por tierra con todas las posibilidades de una lógica de sentido. Sin embargo extraño, extrañeza,distanciamiento: palabras que remiten a varios sentidos, pero tratándose de una obra artística, inmediatamente pensamos en la teoría expuesta en El arte como artificio, de Víctor Shklovski, uno de los formalistas rusos más reconocidos quien a comienzos del siglo veinte señaló la condición de  “ostranenie” (extrañamiento), en referencia a los procedimientos del lenguaje literario que tienen como finalidad desfamiliarizarnos de los hábitos de percepción de la realidad. Cito un fragmento de la obra mencionada:

“El  propósito del arte es el de impartir la sensación de las cosas como son percibidas y no como son sabidas (o concebidas). La técnica del arte de “extrañar” a los objetos, de hacer difíciles las formas, de incrementar la dificultad y magnitud de la percepción encuentra su razón en que el proceso de percepción no es estético como un fin en sí mismo y debe ser prolongado. El arte es una manera de experimentar la cualidad o esencia artística de un objeto, el objeto no es lo importante”.

Esta concepción teórica, como ustedes saben, respondía a  las manifestaciones de las vanguardias estéticas en general del siglo veinte  que continúan con una fuerte vigencia en nuestros días.  No sólo en la literatura, pero en ésta  impactó revolucionando los géneros: en narrativa basta con pensar en Kafka y en el  género lírico en Hispanoamérica pensamos en César Vallejo o Vicente Huidobro como los primeros y más célebres exponentes de esa tendencia de despojar a la palabra de su percepción automatizada, presentando a la poesía como algo que tiene vida propia.  Es lo que viene haciendo Ballina en su desarrollo como creador, cuya poesía es siempre un terreno inquietante para el lector, porque  como bien lo expresa un poeta mejicano contemporáneo “si la voluntad de escribir es una pulsión por revelar el Misterio, hacerlo significa construir una serie de artefactos verbales, igualmente misteriosos y fascinantes”.

Vayamos  entonces a intentar sumergirnos y develar ese misterio y dejemos que hable el poema que da inicio y título al libro (lectura de oficio de extraño).

Alza en vuelo del mundo fregadero/ el júbilo del mármol amado/ justas o injustas las cosas del ahora/ ya no importan/ duerme en un lecho/ de pariciones y altas velas

¿Qué percibo en la 1ª lectura? Abdicación de  la sintaxis, ilegibilidad del significado, supresión de las continuidades internas temáticas, sujeto inidentificable, es decir un artefacto lingüístico que funciona como un organismo extraño, algo perturbador y ajeno a  la común experiencia humana. ¿Y qué hago enfrentada a esto? En primer lugar entiendo  que es una provocación, como un derechazo a la mandíbula. No lo puedo dejar así. Quiero saber cuál es el propósito, a qué se me reta como lectora.  Indago en la interioridad del poema y percibo oposiciones, resumidas en conceptos tales como alto/bajo, liviandad/ pesadez, presente/pasado, dinamismo/ quietud. He aquí algo de qué asirme: la confrontación de opuestos. La voz poética pone en juego, de un modo muy singular, elementos contrastantes. ¿Se repetirá esto?  ¿A qué conduce? Suspendo la respuesta por ahora y sigo leyendo, percibiendo esas mismas condiciones de opacidad, pero entreviendo, a medida que avanzo y me interrogo (estos poemas nos obligan, nos fuerzan a interrogarnos),  un horizonte, un paisaje, unas señales de orientación.  Y me encuentro con, por ejemplo, “agua carnal”. Los opuestos nuevamente, aquí desplegados desde el verso inicial: “mañana de tantos soles, noche de tantos oscuros”, donde nuevamente la voz poética convierte al adjetivo “oscuros” en una síntesis cabal de una experiencia que podría llamarse soledad, angustia, insomnio estéril del creador o del amante, hasta llegar al “relámpago hidra”, poderosa y productiva imagen que con su estallido de luz y dinamismo de serpiente acuática, revierte oscuridad, silencios, memorias amargas  y  “todo lo errante por el alma”.  Andando  en la lectura ya más abierta llego ahora a la cueva templo donde la enumeración de opuestos -“un ojo abierto, un ojo cerrado/ una boca que canta, una boca que calla/ la piel paralizada/la piel erotizada”- culmina con una claridad conceptual que podría servir de clave a todo el poemario “la palabra es la vida o la vida es la palabra/ …y todo es Uno”. Esta concepción taoísta de la esencial dualidad de la existencia es como un aliento profundo que anima a todo el poemario. Versos como “lo efímero floreciente es lo esencial/ en cada estación y en cada mundo”, atestiguan esta filiación oriental con el antiguo Libro del Tao. El poeta se encarga de explicitar en motivos del converso estas nociones  que en la lectura vamos descubriendo. A modo de preceptiva poética, el autor dice: “el poema no admite otro dogma/ descree de explicaciones objetivas/ su contingencia es lo eterno/ las contradicciones su razón”.

Bajo esta óptica o pacto de lectura  creo hay que abordar estos poemas, y dejarse habitar por las imágenes que propone, los mundos y seres extraños tales como cuevas o selvas, guardianes, orantes, íconos, tótems, divinidades enigmáticas, animales con voluntad humana, todas construcciones que evocan los insondables ambientes de los relatos kafkianos. La presencia de Kafka se me hace palpable no sólo en estos ambientes y seres extraños, sino también en la temática del pesimismo sobre la actividad humana, tal como en invierno (pág.47), el mandril (pág.51), el guardián, (pág.53), la aventura (pág.89), apuntes de situación (pág.83).

Fuera de esos encuentros o remisiones literarias, en una lectura hedonista, me complacen, confieso, hallazgos poéticos personalísimos,  como  los versos en que arremete contra todo mecanismo de adjetivación y  produce efectos deslumbrantes  como el ya citado “relámpago hidra”, o “aquel que duerme en un paraíso laberinto”, o la gaviota que “ deja caer/granos sembrados de luna migratoria”. Tan fascinante como la creación de neologismos a base de fusionar palabras como “…guijarros de tierranoche” (pág.81),o “lanievesueño que cae…”; También la musicalidad de poesías como el guardián (53) infinitud (pág.63), punto de apoyo (pág.67), galaxia (pág.61) donde los versos se mueven como al girar de los astros;. Recursos estéticos que ya habíamos admirado en obras anteriores, como Refugio de altura (2014). Cautivados por esta fulguración  de imágenes y de ritmos,  nos encontramos andando los senderos de un mundo poético raro, en el que la palabra ha sido llevada a girar en otra órbita. (Leer  galaxia, pág.61).

Aceptado este pacto de lectura - digo, la palabra puesta a prueba- y recorriendo con interrogantes y placeres diversos todo el libro observo que el autor es fiel a cierta temática ya presente en su obra anterior que estaría centrada en tres aspectos

1) una crítica sin piedad hacia la civilización del palabrerío, del consumo, de la masificación y de la fe ingenua en “el mundo de las comunicaciones”. Escapar de ese condicionamiento de la vida presente, le lleva a Ballina a buscar sin descanso, romper con lo gastado del lenguaje. Por eso el epígrafe, por eso tanta violencia sintáctica y semántica: la palabra ya ha sido tan deslavada por el  uso y abuso (llámese publicidad, teorías, prédicas religiosas, discursos políticos, retóricas diversas,etc., etc.,) que sólo cabe la ruptura. Y al escribir “deslavada”, me sorprendo de encontrarle una explicación a aquel “mundo fregadero” que tanto me había   asombrado en la primera lectura del poema inicial. Los poemas que mejor ilustran esto la misión (pág.29); el mandril (pág.51) invierno (pág.47)

2) Otro tema que es consecuencia del anterior, de esa rebeldía frente al mundo alienado de la actualidad, es la soledad del creador, su aislamiento en una civilización que se le hace ajena y de la cual se aparta, en un errar libre y solitario por la tierra. Dice “aquel que vigila” (lectura pág.35). Comparten este tema la búsqueda (pág.25), el orante (pág.21), más allá (pág.49),

3) El erotismo, es otro tema que aparece en varios poemas agua carnal (pág.15); la tormenta (pág.23); infinitud (pág.63, remite a Dafne) pero es en los amantes (pág.33) donde alcanza su expresión más alta al describir el acto amoroso como una trascendencia ya que lo que se encuentra en  él es  “ el irrepetible universo de una religión erótica”. Magnífico poema éste cuya lectura le dejo al autor.

En síntesis, estas son algunas de mis perspectivas sobre esta obra que contiene muchas más. Lectores con distinta sensibilidad encontrarán nuevas interpretaciones y en cada una de ellas se agitará la vibración del poema. Como dice el poeta mexicano Eduardo Parra Ramírez citado anteriormente, “la obra terminada, la obra artística es una experiencia estética que espera su interlocutor, pero también es una invocación  capaz de penetrar la bóveda del alma”.

María Elena Aramburú
La Plata, octubre de 2015

 

María Elena Aramburú

María Elena Aramburú

María Elena Aramburú, La Plata, Argentina. Profesora en Letras de la UNLP. Académica, escritora, traductora. Ejerció la docencia universitaria en la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Facultad de Humanidades. Profesora de Literatura en Institutos Terciarios de la Provincia y en el Colegio Nacional de la UNLP, donde ejerció la Rectoría del mismo en el período 2001-2004. Publicó: Escenarios privados (cuentos, 1983) y Los fuegos de bien amar (novela, 1992, Faja de Honor de la SADE). Ha recibido varias distinciones, entre ellas, el Primer Premio de la Revista Puro Cuento, 1991; la Primera Mención de Honor en el Concurso de Narrativa de la Fundación Inca, 1994; el Primer Premio del Concurso de Cuento 2006 de la Fundación Aurora Venturini, entre otras. Colaboró en periodismo científico en el diario La Nación, edición La Plata.  Escribió en colaboración con Guillermo Pilía, el volumen Historia de la Literatura de La Plata, La Plata, 2001, Ediciones La Comuna. Tiene una novela, La ventana sigue abierta y un volumen de cuentos y otro de poesías, inéditos.

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