Tuerto Rey - Poesía y alrededores

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Osvaldo Picardo
/ poemas de “21 gramos” (inédito)

[Rivers solo, moribundo]: “-¿Cuántas vidas vivimos? ¿Cuántas veces morimos?
Dicen que en la muerte todos perdemos 21 gramos.
El peso de cinco  monedas. El peso de un chocolatín.
El peso de un picaflor...”

 de la película “21 gramos” 

                            

Entre dos fondos, en la superficie del mar, todo pesa menos

 

Hay algo único en nadar
cuando se acerca una tormenta.
Sorprende y tranquiliza ver boca arriba
la velocidad con que el aire frota
las partículas de los cúmulos grises y blancos.
Se puede con cada brazada tocar
la intemperie, mar adentro.

Nadás de espaldas. Y tus ojos flotan
con tu cuerpo, sin resistirse,
en otras aguas, en un archipiélago de nubes
entre la visible consistencia
y la más transparente inconsistencia.
La corriente te lleva a donde quiere,
rendido a su deseo y su fuerza.

Pensás que también así debería flotar
tu pequeña historia, sobre el doble fondo,
entre toneladas de relámpagos
y el sordo respirar de los peces.

 

Es una música con la que uno cree de vez en cuando despertar

 

En esta casa hemos vivido.
Hay humedad y grietas
que se vienen apuntalando como se puede.
En el pasillo se ve todavía
la herida crónica de un revoque grueso
sin pintar hace años.
Los canteros y algunas macetas
tienen formas que imitan troncos y ramas,
un bosquecito
entreverado de juegos a la hora de la siesta.
Los hizo el abuelo cuando vos naciste;
usó una técnica propia de inmigrantes:
pobreza e ingenio.

Esta casa se vendió hace tiempo. 
Y ha quedado ahí,
sobre el arroyo entubado de Las Chacras,
sobre el pulso enfermo de otra ciudad
enterrada bajo el asfalto.

Todavía escuchás las largas uñas de la lluvia.
El azote de la noche sobre los techos.
Las voces, las risas, las discusiones.
Es una música con la que uno cree
de vez en cuando despertar.

Un pie tras otro la atravesamos,
la cocina huele a domingo.
Hasta el fondo entramos,
hasta la propia sombra en que nos habita.

 

Cuando todavía nada ha sido determinado y todo puede suceder



Algún  otro mediodía como éste
fui un cormorán sobre la roca
sobre la rompiente y la espuma,
lejos de la escuela y los exámenes.
En equilibrio de fijeza y viento
nada prevalecía
ni el testigo ni el personaje.

Era el mar con dos garras
y un pico corvo en la orilla del aire.
Los días –yo sabía-
seguirán siendo un rumor de verano,
el pez dará tumbos en las olas
con sus resplandecientes escamas
y no sentirá más que
la sumergida inminencia de mi sombra.
Entonces me decía:
nada ha sido hecho todavía. Y era fácil sentir
que lo inevitable podría no suceder,
que lo que vale la pena vivir
no debería desaparecer.

 

Cuando la cal de la muerte inscribe todos los nombres de la soledad

                                                 
                                                                                A Ana Emilia Lahitte
 


¿Qué es más real ahora?
¿La mujer que recostada en la arena
lee a Yourcenar y a Basho o esa extensión disuelta
“entre mi corazón y el universo”?

La paradoja es terminar viendo
lo que nunca estuvo en donde lo hemos puesto.

Se llamaba...

No sabés quiénes otros más la conocieron
y estiran de uno a otro lado
la brevedad irresuelta, 
un brillo opaco en la tierra que se apaga.

Recordamos lo que podemos.
Lo otro, las lágrimas de los espectadores,
el monumento vacío son los ritos
del orgulloso oficio de lo inalcanzable.

Lo que te conmueve no es eso
sino esa otra cosa, una íntima hospitalidad
de invitar a mirar -como sólo ella sabía-
su terrible secreto.


 

Una rosa sola es todas y esa rosa sola, la irreemplazable
 

I

                                              "Traten de entrar por la puerta estrecha,
                                               porque les aseguro que muchos
                                               querrán entrar y no lo conseguirán”

                                                                                            Lucas13, 24

 

La puerta es estrecha
con el sol sobre los mosaicos marrones.
Se abre y cierra con cada visita.
Rosa, detrás, se sigue muriendo.

Y no sé por qué hablaste del mar
con una de las enfermeras.
Lo vi –dijiste- desde la costa
con la luz encrespada sobre las olas
como si hubiera atrapado de golpe
debajo de un vidrio inmenso
miles y miles de luciérnagas.
Seguro que el mar tenía el color
de los ojos de la enfermera, fijos
en el goteo incierto de la  morfina
flotando encima de la metálica soledad
de una bandeja con la comida intacta
y esa manzana absurda.

Y Rosa, ahí, al final del catéter,
con el camisón subido sobre los muslos,
y una pierna colgada en el vacío,
como si la hubieran abandonado
en una playa, en otra edad,
bajo un pedazo de sol
acostada sobre la charla animada
de las conchas y caracoles marinos,
ahí, con las manos como remos
y las axilas llenas de nubes equilibristas.
Pero todo termina, hasta el más largo camino
que lleva al borde de las rocas
salpicadas de mejillones y anémonas.

Debería haber un Paraíso.
Y sólo con atravesar esas puertas 
contra un fondo luminoso de olas
no fuera imposible encontrarnos.
 

II
                                                  Sería necesario que una sola cara
                                                  respondiera por todos los nombres del mundo
                                                  L'amour la Poesie, A toda prueba, XXIX,

                                                                                                    Paul Eluard



Las caras son inagotables,
se parecen unas a otras, pero al final
gana la imagen a la semejanza.

¿Qué veías en esa cara? ¿Alguien más
podía hacerte creer que en el fondo del pozo
el agua también oscura tenía tu propia cara?

Ni el blanco olvido de los hospitales
logra del todo acabar esa imagen .
El último trazo tampoco
puede dar con el dibujo definitivo.
Hay  en una cara siempre algo más.
Y no son tuyos los ojos que lo pueden ver.

El futuro que todavía falta a su promesa
se demora entre las cejas, enmaraña
de amarillo y gris la frente
y busca el claroscuro en que maduran
los labios algo secos, frágiles.
En la multitud, una nariz, el color
de los ojos y las orejas se repiten,
renacen en un continuo paisaje de llanura
como enracimados
detrás de la ventana de un coche.

¿Cómo encontrarte?

Poco y nada sabe uno de la propia cara,
no la del espejo, ni la de las fotos,
sino una cara frente a otra,
inesperada, salida del camino de Emaús.
Lo inacabado sólo entonces
resulta tener enteros los ojos que te miran.


 

III

                                                   “Una rosa sola es todas
                                                     y esa rosa sola, la irreemplazable,
                                                     la perfecta, la flexible palabra
                                                     encuadrada en el texto de las cosas”

                                                                                Les Roses, VI, R.M.Rilke 



 

Rosa también fue una flor,
una de las que más le gustaban.
Las ponía junto a la foto
donde aparecían más jóvenes,
en la cocina, ella y su hermana.

Compartía así una demorada parte
en la continua partida, una triste alegría
de retener los nombres y los apellidos
frente a una imagen.

Otra mirada contiene lo que le falta a ésta.
No sabés sin esos ojos en los tuyos
cómo es el color de tu pelo ni la forma
en que envejeció tu corazón.
Vas entonces desapareciendo tan de a poco.

Si vieras ahora las casas derribadas
y las altas paredes construidas,
los horrores que empujan de los bordes.
Si vieras ese jardín y cómo desde hace días
los picaflores se cuelgan del aire.

Es una arquitectura para no entender
como la de la rosa, saliendo parte
a parte de algún otro lado.

Si vieras con estos ojos.


 

Osvaldo Picardo

Osvaldo Picardo

Osvaldo Picardo (Mar del Plata, 1955) escritor, docente e investigador universitario. Fue director de la Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata (EUDEM) y dirigió la revista  La Pecera. Ha escrito “Apenas en el mundo” (1988); “Poemas con tu altura” (1989); “Letras en una esfera armilar” (1991); “Dejar sin ventanas la verdad” (1993),“Quis quid ubi: Poemas de Quintiliano” (1996, reeditado en 1998), “Una complicidad que sobrevive” (2001), “Mar del Plata (poema en 12 partes)” (2005),  “Pasiones de la línea. Poemas de Nicolás de Cusa” en nuestra Editorial en Danza (2008); O.P.Vida de poesía (antología, 2008),  “Mar del Plata y Otras ciudades y viajes” (2012) y “21 gramos” (2014).
También publicó la antología: “Primer Mapa de la poesía argentina: el Noroeste”.  En 2006, Antología personal de Joaquín Giannuzzi; y en 2009, participó del libro Mitografías, homenaje a Horacio Castillo. Tradujo junto a Fernando Scelzo y Esteban Moore The love poems de James Laughlin ( 2001). Otras traducciones y versiones suyas de poetas como E. Pound, D.H.Lawrence, M. Yourcenar, K. Rexroth, etc. han sido publicadas en revistas, en periódicos y en sus propios libros como “Variaciones”.
Ha colaborado en catálogos para exposiciones y en revistas culturales del interior y del exterior del país tales como la “La Estafeta del Viento” de Casa de América, España, “Cuadernos hispanoamericanos” del AECI, España, y “Hablar de Poesía”, Buenos Aires.
Entre otras distinciones, ganó la Beca del Instituto de Cooperación Iberoamericana de Madrid, para realizar estudios en poesía contemporánea, durante el año 1995; el Premio de Poesía del Fondo Nacional de Las Artes, en 2000; Premio Municipal Alfonsina a la creación literaria (2004) y Premio “Lobo de Mar” (2005) de la Fundación Toledo.