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Rafael Felipe Oteriño
/ acerca de La envoltura

En la poesía de nuestro tiempo hay algo de desamparo. Como si el mundo se hubiera ido organizando paulatinamente sin ella. Esto ha hecho que, de manera creciente, se haya vuelto intimista, circunstanciada, anecdótica, en un ademán que tiene mucho de contacto con el reunir y el religar. Parece que asumiera que su papel es el de hacerse oír por detrás de las muchas voces y que su función no es otra que la de operar como red última de sentido.

Este es el tono de la poesía de Raquel Sinelli. Un hablar de la vida como si se tratara de una recapitulación. Como si hubiera llegado el momento de ajustar cuentas con el pasado y poner sobre la balanza tanto las mañanas de sol como los atardeceres de sombra. Un intimismo, pues, comprometido con la experiencia, con la naturaleza, con la solidaridad y, sobre todo, con la propia conciencia.

Su primer libro, “El día pleno”, esconde un oxímoron en la adjetivación simple del título. Porque cuando uno lo lee advierte que nada es pleno ni definitivo en esta poesía. Que todo tiene una cara escondida y muchos matices. Comprendemos, entonces, que el enunciado refleja un dejo irónico: la certidumbre de que el día no es, en verdad, pleno. Que está lleno de trasiegos. Pero decirlo así, frontalmente, equivale a oponer una lágrima a la contundencia de lo real.

Traer a la luz esa doble cara es la tarea que ella emprende. De donde tenemos que lo que es pleno –o plena- es su escritura exploratoria, ya que cumple con el propósito de unir lo que está separado, de iluminar lo que se encuentra oculto, de dar vida a lo que carece de ella. Poesía de abrazo, de juntar bordes, de suturar heridas, el día es pleno en sus versos porque consagra un mundo conciliado con la verdad. Sin autoindulgencia ni engaño, sin mentir ni mentirse.

Dos poemas de ese libro muestran esta modalidad: “La lección” y “Pachtwork”. En el primero señala la condición inexplicable de la vida, en la que la memoria “elige” –es decir, selecciona- y le dice a la niña de tiempo atrás “que baile/ que no intente comprender”. El otro toma la costura de una pollera como labor simbólica. En primer lugar, es el desarrollo de una ética del vivir. Pero, en una segunda lectura, vemos que también es una poética del escribir: Cortar, hilvanar, agregar al mundo/ lo que ya estaba.

El título de su nuevo libro “La envoltura” es, en cambio, una metáfora: la operación por la que se dice una cosa en términos de otra. Refiere las voces y  latidos que, a la manera de una música, nos llegan desde el otro extremo de la casa y que tienen el poder de envolver la vida como en un papel de seda que, por su propia incontinencia, también se rasga.  Habla de la vida y de la muerte, de la aceptación y de la dispersión, valiéndose de ausencias y presencias que han prendido en la madurez de su lenguaje sensible.

Con Horacio Castillo coincidimos (en las contratapas) en señalar el rasgo de la cotidianidad como la zona del poetizar de Raquel. Esto es: lo diario, lo pequeño, lo doméstico puestos a explicar lo genérico, lo encumbrado, lo trascendente. Horacio, más filosófico, habla del horizonte del siendo, es decir, del acontecimiento, como su pathos interior. Yo hablo de lugares y valores habituales que el tiempo devora y que la palabra restituye. En realidad, nos estamos refiriendo a lo mismo: la impronta de la temporalidad en la poesía de nuestra amiga.

De la poesía de Raquel me sedujo, en primer lugar, su tono confidente, su opción por el registro moderado, el ponderado equilibrio de sus emociones. Luego, la sabiduría para hacer del escenario de la vida familiar el motivo de la elaboración poética. Por último, su propósito de alcanzar una síntesis en que las pérdidas se concilien con las ganancias, en el que la vida y su colorido hagan tablas con la nada y su sombría amenaza.

Proyectada esta escritura sobre la tradición poética platense, no dudo en afirmar que Raquel –quiéralo o no- está enrolada en su más reconocido valor. El del tono menor inaugurado, como un sello distintivo, por Francisco López Merino. En ese tono menor (que no es nada menor, puesto que se trata de una conquista prosódica y de un estilo) está escrita la mejor poesía de nuestra ciudad.

Sin esa vibración que permite ver lo elevado en lo nimio, López Merino no hubiera escrito “Mis primas los domingos”, ni Roberto Themis Speroni el soneto “A la paloma que maté de niño”, ni Horacio Castillo “Anquises sobre los hombros”, ni Néstor Mux, “Ante la radiografía del pie de nuestro hijo”. Y al par de la ansiedad metafísica y del realismo humanista, ese tono también está presente en la obra de Horacio Preler y de César Cantoni. Estoy hablando de un canon.

De esta naturaleza es el poema “El miedo”, con el que concluyo estas palabras que quieren ser de admiración y homenaje.


Alianza Francesa, La Plata, 3/5/2013

 

 

Rafael Felipe Oteriño

Rafael Felipe Oteriño

La envoltura
(Ediciones del Dock, 2013)

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