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Jorge Aulicino
/ poemas inéditos

El fracaso de Holmes en el natatorio
 

(Sherlock, primera temporada, capítulo 3, BBC)

Un tipo abandona el paraninfo del natatorio hablando por su celular
con el traje gris correctamente abotonado.
Y como por acto de magia las acciones se suspenden.
La mira laser que buscaba tu garganta se apaga.
Bajás una pistola -una Glock de nueve milímetros quizá,
extrañamente precisa, moderna y austera para tu exquisita mente
barroca, talmúdica, contrarreformista-.
Tus ojos corren por los balcones de la piscina nocturna e incluyen
las estrellas. Estás auténticamente desconcertado.
En tus ojos late la idea, late y late la idea.
Ah este momento en el que nacen los teoremas, las caricias.
Comprendés al bajar tu arma matemática -la que siempre
fue más argumento que arma para vos-
que el misterio de cada época hace mutis de modo diferente.
Ahora debés encontrar resuello, una lógica fortuita
que se prende y se apaga. Ningún crimen está resuelto.
Qué novedad. Pero, en estos tiempos, se incrementa
la multiplicación especular. Las probabilidades se reparten
con la obsesión del sofisma de la liebre que no adelanta nunca a la tortuga.
Y es esto Dios: una cuestión de dimensión, de multiplicaciones,
de velocidad.


Ictus sustinere
 

after Ezra Pound
 

No 'como quién' sino qué.
Los restos de carne en la plancha de los bifes
resisten bajo la canilla,
aferrados al fierro que los ha quemado.
Algunos son altas estalagmitas de carbón,
otras achaparradas pampas. No de ahí quieren
que los saquen. A su dulce lamentar cual dos pastores
mirás la ventana, oscura por completo,
presentís el vacío de la tormenta -no de agua sino de relámpagos y tierra-,
y pensás en la mujer a la que gustaba el epigrama
y se fue mientras dormías.
A su modo, seco, inconfesable,
no quería que la arrancaran de su lugar de mierda
al que llamaba patria.

De El camino imperial. Escolios (2012):

 

Ezequiel, 11:16


Si perdido en cierto éxtasis
te gobierna la calle,
habrás visto la certeza del dicho
"donde estés, está su morada".
A la vez el desierto y todos
es el que cruza ahora la ancha avenida
regulada por semáforos
cuya eficiencia en ese trance da por hecha
de una vez y para siempre, y por hecho da
que nunca falla.


Rimbaud en el exilio
 

Aun en el desierto:
todo lo que era tu diáfana vida,
aquello que aun así era una parte de la vida, apenas
la organización de la caravana, el filo del arma,
las aventuras que leíste, las calles de El Cairo,
París trepidando lejos, el sol abrumador, un escorpión,
el papiro, café, un inglés, la oración, almuerzos,
habitaciones de hotel, pantallas, cabos de vela o,
exactamente, un cabo de vela; una amargura:
todo eso te sostuvo en vida como un plasma tuyo y ajeno:
aquello y más fue necesario para que tu máquina viviera,
sólo para que vivieras vos, una delicada construcción:
toda esa vida quedaba fuera de tus fugaces galaxias,
mientras escribías en aquella ciudad del Occidente,
cuando escribías,
todavía
lejos de África:
A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu:


 

Olímpicas 2

 

Prometeo liberado de sus cadenas
va con ellas
por la calle golpeando a los falsos ciegos,
a los inválidos,
a los menesterosos,
como si todos ellos
fueran mercaderes en el templo.
He ahí
dice Zeus,
el resultado
de condonar, compadecer, indultar
y, por así decirlo,
el resultado general de la piedad.


Edward Hopper, People in the Sun
 

La vida detrás de las paredes
y en los antiguos hoteles que frecuenta
la clase media alta
está llena de una violencia que festejan las aves
detrás de las ventanas
como un movimiento de la naturaleza


Dinastía Han, 194 d.C.
 

Bien lo dices: "Qué clase de emperador
soy que no tiene morada y habita un país en ruinas";
el entendimiento en ruinas, asimismo.
Hice dádivas,
mientras tallaba mi palacio en oro.
¿Los que invaden mi reino son pueblos justos?
¿Todos beben según su necesidad en los ásperos campamentos?
¿El líder es probo?
De nada te sirven estas preguntas.
Planta tú mismo el arroz devastado.
Únete a tu pueblo.
Naufragará en el Yang Tzé el pensamiento único.
En cada uno de los Tres Reinos
habrá una semilla de verdad.

La espada tiene término.
Donde quiera, el Espíritu soplará.
Y dirá incluso Cao Cao el poderoso:
"Aun las serpientes aladas
se convierten en polvo".


Vejez imaginaria de Pavese
 

Ahora yo soy el fuerte, yo
el que veía a los hombres como dioses
e ignoraba su crepitantes derrumbes.
El mecánico, el labrador, el piamontés de tierra.
Yo, que pensé que nunca podría hablarles,
y uno se ahogó en vino blanco,
el otro se arrodilló ante el tirano.

Ahora he crecido, y otro chico, tras la ventana,
mira el viñedo y dice: "Mi primo, aquél, me enseñará
cómo callar, ser fuerte, seguro, titánico, solvente".
¿En todos pone el cielo un ascua de héroe?


Da Messina: San Jerónimo
 

Que la arquitectura lleve a uvas.
Que los pasillos abovedados sugieran parras
y, las cúpulas, celestes siestas.
Que el pájaro vuele a través de estancias
rematadas por altas ventanas y vislumbres
de piedras esmaltadas que evocan las orillas
del mar. Que haya en el pavimento sutiles pisadas.
Que el hombre escriba en medio de una habitación
sin fronteras, que la cueva sea mundo abierto
capturado en su estar y su fluir, su imantar y su quedar.
Que Dios sea el eco, y que la línea lejana del horizonte
súbitamente sea atravesada por la lanza del abismo.
Que en la campiña se detenga el herrero y vea que el acero
está en el golfo de la mirada, tenue, como la nube,
duro, como la maza.
Y que en la alta construcción que cobija y da entrada,
se oiga que unos a otros los versículos se llaman.
 

Jorge Aulicino

Jorge Aulicino

Jorge Aulicino nació en Buenos Aires en 1949. Es poeta, traductor, periodista, editor.
Sitio Personal del autor: http://campodemaniobras.blogspot.com.ar/

Más sobre Aulicino en: http://viejosomoking.blogspot.com.ar/ o
http://www.telam.com.ar/nota/31304/